Survive until tomorrow.
Te sorprendería la de cosas que hago cuando te echo de menos.
A veces te escribo, otras muchas te pienso, a veces me hundo en nuestras fotos juntos, me divierto recordando los hoyuelos de tus mejillas, paseo con mis dedos la figura de tu cuerpo para luego darme cuenta de que no estás ahí. Algunas noches meto la almohada debajo de la sábana y me imagino que eres tú, que has discutido con tus padres, te han echado de casa y en un arrebato de enfado y desesperación nocturna acudiste a mi, que siempre estoy y estaré. Que llamaste a mi puerta, y nos miramos, yo aun dormido jurando que eso era un sueño, que no estabas ahí. Te dejaba pasar y te ofrecía un café, aunque quisiera en realidad ofrecerte el resto de mi vida juntos, un café serviría por el momento. Que tu agarrabas la taza aún caliente y te quemabas, y a mi me divertía ver la mezcla de dolor, vergüenza y agradecimiento que danzaba en tus mejillas. Y me sonreías, y ahí estaban tus hoyuelos, con riesgo de asesinato a esas horas de la noche. Preguntaba aún sabiendo que no me lo dirías, pero preguntaba qué había pasado, si estaba todo bien. Y como esperaba puntuabas tu silencio. Pero no me derrotabas. Te ofrecía mi cama para sobrevivir hasta mañana, y como si esperases con miedo ese momento asentías silenciosa. Te daba la llave de mi trinchera y tapabas tu cuerpo a oscuras y en silencio, mientras yo me dirigía a pasar el resto de la noche en el sofá, con los ojos despegados y asimilando la situación. Como velando por ti y tu sueño, protegiéndote de lo que fuera que te persiguiera. Y separabas tus labios para dejar escapar un tímido "¿No vienes?" que atravesaba la puerta, la pared de la habitación, se deslizaba por el pasillo y se me clavaba en el Puto corazón. Me acercaba, levitando para que nada estropeara ese instante, para que la duda no incitara al arrepentimiento, para asegurarme de que esa no era una de nuestras traiciones nocturnas. Pero no. Me tumbaba a tu lado, y por encima de cualquier expectativa, te agarraba la mano. Y tú me agarrabas la mano. Y nos agarrábamos. Eramos uno. Pegados para no caernos de la vida, aguantando juntos lo que fuera. Y eso era mejor que cualquier cosa que hubiera podido pasar en esa cama, porque tú y yo eramos pura energía entrelazada por los dedos, orgasmos continuos de dependencia sentimental, por encima de lo físico e incluso psicológico. Tú y yo eramos dos almas que iban de la mano y jamás se soltarían. Tú y yo eramos ambos.
Entonces volvía a a colocar la almohada y me dormía.
A veces te escribo, otras muchas te pienso, a veces me hundo en nuestras fotos juntos, me divierto recordando los hoyuelos de tus mejillas, paseo con mis dedos la figura de tu cuerpo para luego darme cuenta de que no estás ahí. Algunas noches meto la almohada debajo de la sábana y me imagino que eres tú, que has discutido con tus padres, te han echado de casa y en un arrebato de enfado y desesperación nocturna acudiste a mi, que siempre estoy y estaré. Que llamaste a mi puerta, y nos miramos, yo aun dormido jurando que eso era un sueño, que no estabas ahí. Te dejaba pasar y te ofrecía un café, aunque quisiera en realidad ofrecerte el resto de mi vida juntos, un café serviría por el momento. Que tu agarrabas la taza aún caliente y te quemabas, y a mi me divertía ver la mezcla de dolor, vergüenza y agradecimiento que danzaba en tus mejillas. Y me sonreías, y ahí estaban tus hoyuelos, con riesgo de asesinato a esas horas de la noche. Preguntaba aún sabiendo que no me lo dirías, pero preguntaba qué había pasado, si estaba todo bien. Y como esperaba puntuabas tu silencio. Pero no me derrotabas. Te ofrecía mi cama para sobrevivir hasta mañana, y como si esperases con miedo ese momento asentías silenciosa. Te daba la llave de mi trinchera y tapabas tu cuerpo a oscuras y en silencio, mientras yo me dirigía a pasar el resto de la noche en el sofá, con los ojos despegados y asimilando la situación. Como velando por ti y tu sueño, protegiéndote de lo que fuera que te persiguiera. Y separabas tus labios para dejar escapar un tímido "¿No vienes?" que atravesaba la puerta, la pared de la habitación, se deslizaba por el pasillo y se me clavaba en el Puto corazón. Me acercaba, levitando para que nada estropeara ese instante, para que la duda no incitara al arrepentimiento, para asegurarme de que esa no era una de nuestras traiciones nocturnas. Pero no. Me tumbaba a tu lado, y por encima de cualquier expectativa, te agarraba la mano. Y tú me agarrabas la mano. Y nos agarrábamos. Eramos uno. Pegados para no caernos de la vida, aguantando juntos lo que fuera. Y eso era mejor que cualquier cosa que hubiera podido pasar en esa cama, porque tú y yo eramos pura energía entrelazada por los dedos, orgasmos continuos de dependencia sentimental, por encima de lo físico e incluso psicológico. Tú y yo eramos dos almas que iban de la mano y jamás se soltarían. Tú y yo eramos ambos.
Entonces volvía a a colocar la almohada y me dormía.
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