Como el tacto del metal y la tristeza.
Ella me partió el corazón y utilicé una mitad de paleta. Los colores que salen de un corazón roto son imposibles de imitar. Ella me dejó y, por una vez en mi vida, me dejé llevar. Me sumergí en una mezcla de arte y apatía, con la misma luz que un cuarto sin ventanas. Cerré los ojos aún a oscuras y me centré en el tacto. ¿Eran estas mis manos? Acaricié un rostro que suponía que era el mio, sin darme cuenta de la soledad del gesto. Era ajeno al frío y al calor, a la aspereza de una cama vacía. Ajeno al espacio que me rodeaba. Veía fotografías sin rostro, y me pregunté qué pensaría de mi ahora el chico que te abrazaba en esa playa. Probablemente lo vio venir, como quien ve venir el invierno en primavera y espera estático a que se agoten los segundos. Oía mis latidos bajo el agua. Sentía cómo la inmensidad del universo volcaba y me hacía girar sobre mi mismo, con un vértigo parecido al que se siente cuando ves caer su primera lágrima. En mi mente besaba nuevos labios, oía n...