Introspección suicida
Me escapé de mi y comencé a andar a oscuras, sin luz, ni aire ni alma, rodeado de sombras de mi vestidas de pasado, grotescamente retorcidas que miraban con ojos amargos y saturados de horrendas visiones, asemejándose a estatuas toscas y mal pulidas de piedra negra y fragmentada. Me juzgaban en silencio y sus dedos señalaban, conociendo cada muesca que el tiempo marcó en mi orgullo, pues nadie hiere tanto como se hiere uno mismo. Aunque no emitían sonido alguno se escuchaban murmullos muertos y apagados, resonando en mi cabeza, de toda esperanza ya carente, y penetrando en mi conciencia como hoja de fuego ardiente separando la piel de mi pecho en jirones demacrados.
Me escapé de mi y seguí caminando. Llegué a una ciudad de luces ciegas infestada. Se alzaban en el cielo como montes apagados que en otro tiempo iluminaban lo que daba por seguro, dando ahora espacio a la oscuridad más insondable que mi alma haya portado. Avancé a tientas con las manos escarchadas, pues el frío era lo único que superaba a la oscuridad en aquel sitio. Oía, sin estar seguro de oír, voces huecas y agrietadas, que danzaban con el eco del vacío que formaban sus palabras, continuas y mundanas componiendo una inerte melodía que resonaba en mi cabeza, confundida entre la locura y el abandono, el frío y el espacio. Me llamaban con siseos de humanidad desinhibidos, me atraían hacia un vórtice de soledad desamparada, que arrastraba mi voluntad como una pluma fina, oscura y caída, que planeaba entre descargas de ira, odio y agonía hasta alcanzar el punto muerto donde el vértigo reunía.
Me escapé de mi, y sigo caminando.
Me escapé de mi y seguí caminando. Llegué a una ciudad de luces ciegas infestada. Se alzaban en el cielo como montes apagados que en otro tiempo iluminaban lo que daba por seguro, dando ahora espacio a la oscuridad más insondable que mi alma haya portado. Avancé a tientas con las manos escarchadas, pues el frío era lo único que superaba a la oscuridad en aquel sitio. Oía, sin estar seguro de oír, voces huecas y agrietadas, que danzaban con el eco del vacío que formaban sus palabras, continuas y mundanas componiendo una inerte melodía que resonaba en mi cabeza, confundida entre la locura y el abandono, el frío y el espacio. Me llamaban con siseos de humanidad desinhibidos, me atraían hacia un vórtice de soledad desamparada, que arrastraba mi voluntad como una pluma fina, oscura y caída, que planeaba entre descargas de ira, odio y agonía hasta alcanzar el punto muerto donde el vértigo reunía.
Me escapé de mi, y sigo caminando.
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