Café de medianoche.

Cuando se apaga el sol se enciende mi hoguera. Me ilumina y la habitación arde, y mi mente, y mi voz, y mis ganas de despertarme. Con ese calor sofocante, y ese humo entre mis venas, desespera no encontrar la manera de encontrarte y mandar las cenizas a que vuelen con el viento que tanto nos despeina. Todo el miedo, y las inseguridades bailan a su alrededor y se ríen de mi, me provocan, me intimidan por momentos y mi valentía parece resquebrajarse como la hojarasca. Me nublan la conciencia y todo parece lejano e imposible, incluso yo. Me siento tan frágil y patético que no me reconozco. Y me aferro a ti. Tú, que me haces fuerte e invencible, aunque tú no lo sepas. Tú, que me miras y me rompo, pero de esa única manera que no destruye, sino que te eleva hasta el punto de creerte el rey del mundo. Y desde esa cima que tú y sólo tú me haces alcanzar las hogueras parecen tan pequeñas que llamarlas chispas se les queda enorme. Y sonrío, orgulloso de estar ahí arriba, gracias a ti, aunque tú no lo sepas. Y sonrío, porque sé que algún día te miraré y te romperás, y nos elevaremos a la cima, y seremos rey y reina reina y rey, y las hogueras servirán para poco más que para calentarnos el café de medianoche.

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