Canciones paralelas.
De palabras y adoquines mojados adornaba el otoño al despertar con la voz partida y el alma por coser de mil historias que volaron entre nosotros. De cartas a medio escribir y fotografías aún por tomar llenaba un cajón que pretendía pintar de ti sin pretenderlo. Y poco a poco la oscuridad se abrazaba a la aurora desesperada, que regalándome un par de caricias se deslizaba entre los huecos de mi persiana.
Suelo quedarme en silencio unos minutos antes de levantarme y dar por terminada la tregua, suelo quedarme en silencio y escribir, o al menos decir en voz alta como escribiendo en el aire, la primera palabra que me visita. Y ese día fue tu nombre. Y la imagen de tu nombre en cien mujeres diferentes.
Lo pronuncié, lenta, discreta, fugaz, tenue, instantánea, volátil, inflamable, efimeramente, lo pronuncié. De mil maneras distintas, con infinitos disfraces y excusas y no hallé fortuna en esquivarte. Sin importar a donde se dirigiera mi mente allí estabas tú esperando. Sin importar si ese día hubiera deseado no levantarme o si la idea de verte fuera la razón por la que lo hiciera, allí estabas tú. Nunca te invité a quedarte, no soy tan cruel. Pero te quedaste. O mejor dicho, decidiste no marcharte. Y entre juegos de palabras pasábamos las noches enredando, dándonos razones para huir y motivos para quedarnos. En mitad de una madrugada de canciones paralelas y mitades vacías te imaginé.
Y ya con la boca sangrando poesía y las manos vacías abrace la idea de tenernos, y resulto ser eso, una idea.
Suelo quedarme en silencio unos minutos antes de levantarme y dar por terminada la tregua, suelo quedarme en silencio y escribir, o al menos decir en voz alta como escribiendo en el aire, la primera palabra que me visita. Y ese día fue tu nombre. Y la imagen de tu nombre en cien mujeres diferentes.
Lo pronuncié, lenta, discreta, fugaz, tenue, instantánea, volátil, inflamable, efimeramente, lo pronuncié. De mil maneras distintas, con infinitos disfraces y excusas y no hallé fortuna en esquivarte. Sin importar a donde se dirigiera mi mente allí estabas tú esperando. Sin importar si ese día hubiera deseado no levantarme o si la idea de verte fuera la razón por la que lo hiciera, allí estabas tú. Nunca te invité a quedarte, no soy tan cruel. Pero te quedaste. O mejor dicho, decidiste no marcharte. Y entre juegos de palabras pasábamos las noches enredando, dándonos razones para huir y motivos para quedarnos. En mitad de una madrugada de canciones paralelas y mitades vacías te imaginé.
Y ya con la boca sangrando poesía y las manos vacías abrace la idea de tenernos, y resulto ser eso, una idea.
Comentarios
Publicar un comentario