Gota.

Sonaba un grifo abierto, y no creo que fuera por casualidad.

Sentado en el suelo del pasillo veía piernas avanzar presurosas ante mis ojos, como si tuvieran un sitio al que dirigirse, como si para ellos el mundo no fuera absurdo. Todas eran diferentes, y todas tenían historias diferentes para mi. Las había fuertes y lentas, ocultas tras una tela vaquera vieja y algo descosida, otras cortas y con un paso más rápido, pero no por ello avanzando más deprisa. Ese pequeño detalle me llamó la atención, y es que aunque la vida avanza igual para todos, no va igual de rápida para cada uno. Vi muchas piernas desnudas, valientes, suaves y sinuosas, y pensé en subir por ellas, no voy a mentirte. Me imaginé rozando su piel con la yema de los dedos y notando el calor creciente deslizarse por sus muslos. Me imaginé desabrochando con dos dedos el botón de sus pantalones cortos y, como un suspiro colarme en su ropa interior. No me llevaría más de dos miradas, y posiblemente me cambiaría la vida, un rato. Pero para ello tendría que levantarme y conocerlas, y descubrir que ninguna de ellas eres tú. Y sería una putada.

El grifo dejó de sonar y comenzó con un goteo insistente e inconstante, y me recordó a mi.

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