La imposibilidad de nuestros cuerpos.

Recibí de ti las ganas de ser eterno. De vivir por siempre en tus ojos somnolientos y acunar en tu regazo cientos de amaneceres. De correr entre tus piernas y colarme en tus rincones infinitos, descubrir de ti lo más puro de tu esencia y escribir doscientos versos en retales de tu cuerpo. Dibujar, mientras sueñas, paisajes imposibles y hacer de tu sonrisa el lienzo más perfecto. Podría llenar tus noches de metáforas sin fin, de estrellas susurrando poemas en tu oído, de luceros titilantes que bailaran por tu cuello y describieran en tu piel curvas tenues y suaves.

Pero esta noche duermo solo.

Aunque contigo, la soledad se me clava en el costado, me desangra, me abandona, dejando en mi un eco inexorable. El vacío me rodea y levita alrededor de mis pupilas, que te buscan a ciegas en la fría madrugada. Te imagino.
Te imagino y aún no llegas.
Y tu imagen se evapora entre mis dedos que te rozan, desesperados, buscando tu cuerpo al otro lado de mi vida.

Y aunque estés ahí, aún no llegas.

Quizás deba creer en la imposibilidad de nuestros cuerpos.

Y lo haría, quizás, de ser posible. Pero no puedo.
Pues recibí de ti las ganas de ser eternos.

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