Carreras de gotas muertas.

Amanecí con las mejillas húmedas y los puños cerrados, con el alma rota de tanto gritar en sueños. Amanecí quebrado y sin aliento, con un millón de miedos usurpando el trono de las mañanas de Domingo. Amanecí con tu recuerdo acurrucado en mis pestañas y tu voz clavada en mi costado. Amanecí muerto de tanto haber vivido. Amanecí sin ti. Amanecí.

Era el tercer Domingo de la semana. Improbable, ¿verdad?

Domingo es aquel día eterno y solitario, tu rincón para morir de la semana que sabes que llegará tarde o temprano. No importa como empiece el lunes, ni como transcurra el jueves, ni en que cama te despiertes el sábado, el Domingo siempre llega. Y te mata. Abre ese baúl de tu cabeza donde escondes las dudas, los temores y el odio. Todo lo gris oscuro y las espinas de tu incauto corazón se desatan y te devoran poco a poco, y lentamente. Todo se vuelve un Quizás, un me temo, un pero. Intentas esconderte, huir de él, hacer como que no está pasando, detrás de un café, abrazado a una película de las tiernas, sumergiéndote en las gotas de lluvia que intentan salvar tu vida pero mueren en el cristal, y te recreas en su muerte, haciendo carreras de gotas muertas, de cadáveres de agua que intentaban limpiar tu mente. Te calientas mientras tus miedos danzan a fuego lento y queman tu conciencia. Todo se apaga y tu te enciendes marchito e inútil, tendido sobre tu mitad de la cama, que nunca fue tuya, porque ella aun no conquisto su mitad, y Quizás nunca lo hará, porque quien sabe, puede que el Puto Destino no os tenga escritos en el mismo guión. Y te rindes, en silencio. Me temo que no estamos hechos para ser ambos.













Pero


Tú y yo somos más fuertes que una tarde de Domingo.









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